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Ante la puerta que se abre a todos
Escrito por J.A. de la Riera   
Miércoles, 12 de Febrero de 2003 23:00


¡ Ultreia e sus Eia !

El grito o imprecación lo han pronunciado dos mocetones que se despiden a la puerta del monasterio. Se les ve enseguida que vienen de lejos. Y el peregrino acentúa el tic de preocupación que le aqueja desde que llegó a Roncesvalles. Naturalmente sabe que era el grito de ánimo entre los peregrinos del medievo y también entre los primeros cruzados: ¡ Adelante y hacia arriba! No en vano ha leído, más bien devorado, todo lo que ha caído en sus manos sobre el Camino de Santiago en los últimos meses.

Pero sigue sin dar crédito a lo que, irremediablemente, le está sucediendo en los albores casi del siglo XXI. Para empezar parece que el tal grito ha sido asumido con total naturalidad por los grupos que le rodean. Y luego está esa especie de túnel del tiempo en el que se ha sumergido desde que abandonó el viejo autobús de La Montañesa. Aquí todo es Carlomagno, los Doce Pares de Francia bajan en descubierta por Ibañeta, le han mostrado el sepulcro de un rey gigantesco - Sancho el Fuerte de Navarra - y después le han introducido, buscando dormida, por corredores inverosímiles en las entrañas de un monasterio que dejaría las abadías benedictinas de Umberto Eco convertidas en sucursales de Manhattan.

Item más, en medio de su turbación, un canónigo le ha sometido, al final de la misa y con la iglesia atiborrada, a la antigua fórmula de bendición con la que secularmente Roncesvalles ha despedido a los peregrinos del Apóstol: "En Nombre de Nuestro Señor Jesucristo, para que podáis llegar seguros a los pies de Santiago y volver a casa con alegría, con la anuencia del mismo Dios, que vive y reina por los siglos de los siglos"

Está algo sobrecogido por aquella especie de "revival medieval". Y un poco asustado. Pero ahí está, a punto de iniciar su Camino, expectante y aprensivo ante la Cruz de Peregrinos y con un cartel, casi vejatorio, que acecha anta sus mismas narices: "Santiago 787 kilómetros ".

De grana y oro, con la mochila impoluta, botas impecables y "pavero" reluciente en la cabeza, sabe que tiene que recibir al Camino a puerta gayola. Y, de alguna manera, Roncesvalles se lo ha puesto claro. Quiéralo o no, va a recorrer un espacio sagrado donde miles y miles de predecesores han dejado sus huellas y sus ritos que él, urbanita irredento, seguramente estudiante universitario e hijo de su siglo, seguirá punto a punto - ha empezado ya - hasta Compostela. Con un gesto se ajusta la mochila y cruza la placita.

- ¡ Chaval que te equivocas ! ¡ Te has pasado la flecha, toma a la derecha y métete en el bosque!, le gritan desde un coche.

La primera en la frente. Obediente, se introduce en el bosque, húmedo por la bruma del alba. Pero dejemosle, ya es peregrino, está en su Camino. Y con él navega un deseo que dejó plasmado en el libro del monasterio. Se trata, al parecer, de encontrar a un viejo colega. En principio, a si mismo. Suerte y buen Camino.

Aquel peregrino era yo. Desde entonces, para mi desgracia, ha pasado mucha agua bajo los viejos puentes del Camino. Pero cada vez que veo a un peregrino marchar bajo las estrellas me veo a mi mismo aquella lejana madrugada en Roncesvalles, aquel chaval solo, aprensivo, lleno de miedos... Por eso, siempre que puedo les pido lo mismo. ¡ Rezad por mi en Compostela !

 

 
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