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Roma Termini es el caos ordenado, el big bang de todas las estaciones de ferrocarril, en donde se mezclan sin rozarse, muchas historias por contar. Cada media hora, como en el escenario de una opereta, su aparente y agitada tranquilidad se desvanece, cuando por sus desvencijados altavoces, se anuncia de manera estridente, la inminente llegada de un nuevo expreso.
Hacía ya diecinueve años que no pisaba esta terminal, y por eso, mi memoria se mezclaba ahora con la realidad, al comprobar los empujones de los pasajeros que suben y bajan, las discusiones acaloradas con los mozos de equipajes, las familias corriendo tras un tren que se escapa, la mirada autoritaria de los revisores reclamando celeridad en la salida, y ya casi en movimiento, gritos, mil besos, y las sacudidas oscilantes de las manos, que bruscamente se detienen para iniciar un viaje sobre unos raíles fríos, como el acero, pero llenos de historia y emoción, como sus recuerdos.
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