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Concurso fotográfico 2017

El jurado del Concurso Fotográfico de la AGACS ha emitido su veredicto después de ver todas las fotos recibidas al certamen 2017.

Un año más dar las gracias a todos los participantes por la extraordinaria calidad de sus fotografías.

Herbón a 20 de septiembre de 2017

Pensamientos (1er premio 2017 - Kike Balenzategui)

 

Camino (2er premio 2017 - Ramiro Olivera)

 

   

Bo Camiño (3er premio 2017 - Felisindo Novoa)

Premios Concurso de Relatos 2017

El jurado del Concurso Literario de la AGACS ha emitido su veredicto después de analizar los relatos presentados al certamen. Damos las gracias a todos los concursantes por su participación y publicamos los ganadores. 

Herbón a 20 de septiembre de 2017

3º Premio Concurso de relatos 2017

“Historia de un caminante”

Autor: Francisco Javier Aparicio Ruiz

 

“Por una llanada de maiz y heno corre el camino de Laredo a Colindres, de Colindres a la marisma y barca de Treto, donde se cruza la ría de Marrón”.

Amós de Escalante - Diario de un caminante

 

Mucho tiempo atrás, sus ojos verdes eran el espejo de la campiña inglesa. Su mirada era serena y sin estridencias, como las praderas que rodean el pueblo de Marlborogh, en el condado de Wiltshire, donde no le quedó otra alternativa que nacer. A estas alturas, sin embargo, sus retinas parecían haber dado un golpe en la mesa de su semblante, oscureciéndolo de forma definitiva, de tal modo que aquella primaria identidad se había quedado huérfana de indicios en el rostro de alguien que ya no ere el mismo.

La actividad del destacamento del Rastrillar, el trasiego de mulas cargadas de víveres y municiones, no le llamaban especialmente la atención. A sus cincuenta años había sido seducido por el error de pensar que ya había visto todo lo que se podía ver. En cualquier caso, no le faltaba razón. Es lo que tiene haber dedicado la vida a recorrer todos los polvorines y todas las santabárbaras de las tierras, los mares y los ríos de Europa.

A pesar de la curvatura de su espalda y del muñón que le acompañaba su caminar con movimientos inconexos, su figura no parecía grotesca. Del preciso lugar donde hacía tiempo existió un brazo derecho, parecía emanar un halo de hidalguía. Brazo más, brazo menos, qué más da. Todavía hoy, después de tantos años, cuando recurre al vino como un antídoto contra la penuria de continuar vivo, recuerda con amarga sonrisa su brazo tendido en el suelo, con los dedos ensangrentados moviéndose sin concierto y la mirada arrepentida del soldado francés sable en ristre, se dio la vuelta sin rematarlo, echándose la mano a la boca con la ineficaz intención de que no se le escapara el vómito.

Una vez franqueada la puerta de San Lorenzo, bajaba las escaleras irregulares que conducen a la puebla de Laredo con la dignidad que aporta ser un superviviente sin saberlo. Bonaparte seguía sus pasos moviendo la cola un tanto amedrentado, después de haber concluido que los perros de estas tierras no saben ladrar en alemán.

Ainsley creía querer a su perro con la misma intensidad que quería a su bastón, pero era incierto. Desde la muerte de Hannah, no había disfrutado de un calor diferente al que le proporcionaba Napoleón mientras dormía a su lado en la cuneta de cualquier camino. El viejo inglés sin patria presumía de tener callos en su precaria sensibilidad, aunque algunas mañanas, cuando se despertaba mareado y sin pedir permiso al vino, sonreía sabiéndose un desgraciado que al menos tuvo la decencia de librar al cachorro de morir calcinado en el infierno de Austerlitz.

-Está usted faltando a la verdad-, dirían Napoleón y Ainsley. Haciendo memoria, sí que es cierto que de vez en cuando el viejo soldado había padecido el tibio contacto de algunas prostitutas baratas que huelen a vinagre, malgastando lo recaudado en limosnas durante una semana en unos cuantos besos acres, concedidos por bocas desdentadas que huelen a miseria. -Pensándolo bien, tiene usted razón-, reconocerían amo y perro. Aquello no era calor. No era más que triste temperatura.

A veces, mientras dormía acurrucado entre la hojarasca de cualquier bosque que se había prestado a ser morada ocasional, soñaba con yacer arrebujado entre los pechos de su amazona teutona, intentando sin conseguirlo cubrir con sus manos aquellas tetas generosas que olían a madre sin haber dado de mamar. Sin embargo, el despertar siempre era el mismo. Hannah ya hacía demasiado tiempo que estaba muerta del todo y muchos años también habían pasado desde que su brazo derecho, enterrado en una fosa junto a muchos otros miembros de soldados sin nombre, no tenía senos que palpar. Entonces, el despertar siempre era el mismo. A su lado, nada mas que el costillar peludo de Napoleón, junto un pellejo de vino rancio que le habría de proporcionar el patético desayuno capaz de permitirle afrontar la vida, un día más, al menos.

***

Llegó tarde al embarcadero y se encontró una barca sin barquero. El sol se había ausentado detrás de Montehano sin decir adiós siquiera, abriendo la puerta a la nube de mosquitos marismeños que se reunían en asamblea en aquel lugar cada atardecer de las estaciones secas.

La ría de Treto le mostró por fin su bajamar sin vergüenza alguna, dejando ver sus riberas engalanadas de verdín, con la disculpa de que aquella exhibición no era una afrenta impúdica, sino uno mas de los caprichos programados de la marea. Demasiado tarde para cruzar, aunque eso al viejo soldado poco le preocupaba. Tenía todo el tiempo del mundo para llegar a su destino o al menos, tenía para ello todo su tiempo del mundo. Se acabaron las épocas de poner objetivos concretos de su existencia.

Esa noche Ainsley no pudo disfrutar de la hospitalidad de la ermita de la Magdalena. Cayó borracho y rendido en sus aledaños, sin ser capaz siquiera de poder llamar a la puerta. La noche a la intemperie y las nauseas de la mañana siguiente no le privaron de ver a más de una docena de peregrinos que se despedían de los hospitalarios frailes, unos cruceros y otros concheros, para tomar a continuación el sendero que llevaba a la barca de Treto y continuar sus caminos respectivos. Los primeros, a Liébana y los otros, a Compostela.

Ante los gruñidos insistentes de Napoleón, al viejo inglés no le quedó otro remedio que levantarse y seguir aquella comitiva de peregrinos, aunque fue incapaz de llegar a la escollera. No quedarían cuatrocientas varas para alcanzar su destino, cuando un pequeño promontorio coronado por un tejo de sombra siniestra llamó su atención.

-Por hoy hemos andado suficiente, compañero-, El galgo agachó las orejas, dando vuelta alrededor del árbol en cuyo tronco su amo ya había acomodado la espalda, apoyado en su vieja casaca sin botones. Lo que no sabían en ese momento ni Ainsley ni su perro es que esa iba se su morada por unos cuantos meses más.

Cada mañana, el inglés oteaba el panorama, observando el trasiego de hombres, fardos de hierba, parejas de bueyes y piaras de cerdos, como si asistiera al episodio bíblico del Arca. Estaba equivocado. Sebio, el barquero, no se parecía a Noé ni en el blanco de los ojos, aunque fuera tan borracho como él y además, la barca de Treto no era portadora de huidas apocalípticas, sino de pasajes con vocación de ida y vuelta inscritos en un estuario poco dado a estridencias fabulosas.

A la sombra del tejo, aprendió a distinguir los peregrinos de verdad entre las mercaderías, la cabaña y el gentío que abarrotaban la amplia plataforma de la barcaza. Parecían portadores de un devoto estigma que a él se le antojaba un tanto grotesco, como si pretendieran levitar entre la mercancía y la muchedumbre,reconociéndose portadores de una encomienda que abre las puerta de la eternidad.

***

Religiosos sin relicario, peregrinos sin reliquias que poder llevarse al alma hasta el final del camino. De ves en cuando, mientras se entretenía apretujando la bayas que el tejo tenía a bien depositar en el suelo sin otro fin que perdurar, el viejo soldado se aferraba a la idea de que eran otros los motivos que lo habían llevado a comenzar su particular andadura.

Ni el pedazo de madera de Liébana ni los restos de un santo en Compostela. Ainsley se había echado a andar para encontrar la fosa común donde al parecer reposaban los restos de su hermano mayor, muerto con supuesto honor en la batalla de Finisterre, casi veintiocho años atrás. A estas alturas del camino, el viejo soldado inglés intentaba disipar sus dudas al respeto, procurando no pensar demasiado en el motivo de su viaje.

A veces, el chacolí se mostraba traicionero y acusador y le reprochaba que la verdadera razón de su singladura era huir de una Europa que se derramaba en sangre, de un campo de batalla permanente que su funesta existencia había convertido en atormentado hogar. Entonces, se despabilaba de malos pensamientos, aferrándose al hecho incontestable de que se encontraba en la ribera oriental de la ría de Treto, postrado día tras día junto al fiel Napoleón bajo la sombra pagana de un tejo.

Su periplo se había prorrogado gracias al vino barato que la cantina de pescadores, a la hospitalidad de los monjes de la ermita de la Magdalena y al culo de una viuda marisquera que veía pasar cada día, aún sabiendo que nunca iba a ser para él. Sin tener muy claro si lo quería o no, alimentaba su desidia observando el espectáculo de ver fe y trabajo, peregrinos y labradores, naturalezas vivas y naturalezas muertas, cruzar cada día aquella lengua de agua salobre mecida por la marea, como un diapasón perpetuo sin origen ni destino.

***

Una mañana, se despertó sabiendo que no se quería despertar, porque el día anterior las limosnas no habían dado para beber la dosis de vino necesaria en la taberna. De camino al árbol que había sido su parapeto ante la obligación de existir durante meses, vio al administrador del Duque de Noblejas, propietario de la Torre de Treto, correr con cara desencajada. Un veterano como Ainsley no podía tardar demasiado en entender que una vez más, la guerra se iba a abrir hueco a codazos para llenar de miserias la vida de los hombres.

Según llegó a sus oídos, el infante Don Carlos quería apropiarse de la tarta dinástica, por las buena o por las malas. Ainsley se sentó bajo el tejo, sabiendo que las tropas ya estaban en movimiento, aunque sin tener él, por su parte, intención alguna de moverse. Desperezó a Napoleón con una mala patada y se fue a la cantina para suplicar beberse a crédito todo lo que pudiera aguantar. Contempló la barca de Treto, sin pasajeros ni mercancías y supo que nunca jamás llegaría a La Coruña.

A la mañana siguiente, se le escapó el alma en una náusea. Los monjes lo enterraron junto al árbol, a los pies de una rudimentaria cruz de madera. Un par de meses después, el Duque de Noblejas ordenó dignificar su tumba con una tosca losa, que nunca estaría abandonada. Todas las semanas, con permiso de la marea, una marisquera viuda de amplias nalgas depositaba con sus manos llenas de sabañones un pequeño ramo de margaritas, madreselvas o cualquier otra especie de flores silvestres. Amor o caridad, da lo mismo.

Napoleón, entre tanto, se aplicaba al lado de su nueva dueña en aprender a ladrar en español. Cuando podía, coqueteaba con una perra sin raza definida pero con elegantes cuartos traseros, junto al embarcadero de Treto, definitivamente abandonado por la guerra.

A veces, las galernas que se precipitaban por el oeste hacían estremecerse al tejo, que dejaba caer sus frutos y parte de su ramaje sobre la tumba de Ainsley. Muy lejos de allí, mientras tanto. El Atlántico enfurecido anegaba una fosa común donde reposaban los restos de un héroe de guerra inglés, que nunca iba ser visitados.

Ya no se veía llegar peregrinos por el camino de Laredo. De vez en cuando, tan solo, se acercaba hasta la ermita de la Magdalena agún pequeño grupo de militares desharrapados, para preguntar por el único camino que les importaba: aquél que te lleva lejos de la guerra.

 

 

2º Premio Concurso de Relatos 2017

“O camiño das estrelas”

Autora: Mónica Penas Vázquez

 

 Levaba tempo sen sair da casa e parecíalle que a vida se le ía sen ter visto cmprido o seu gran soño: visitar o Apástolo Santiago, ese do que tanto oira falare e que, segundo decían, lotara coma o gran Cid por recuperar o territorio peninsular para a cristiandade.

Chamábanlle “Santiago Matamouros”, nome que non lle gustaba moito, pois o alcume “Matamouros” non estaba a ton co que il cría que debería de ser a convivencia coa xente, incluso coa que non comulgaba con él. Coñecía algún mouro co que se levaba ben e non entendía o porqué desa hostilidade que algúns mostraban cara os que eran diferentes a eles. Pensaba que este mundo era tan grande, que ben podía acubillar a todos. E tiña razón, porque sitio, habelo, haino. O caso é querelo compartir.

O único que lle gustaba desa imaxe do “Matamouros” era a espada e o cabalo. Recordáballe os seus bos tempos, cando saía co seu escudeiro a desfacer aldraxes por eses camiños da súa querida España, e atravesaban os extensos campos de trigo, que refulxían coma o ouro baixo os abrasadores raios do sol. ¡Cantas aventuras correran! E cantas le quedaban por correr, ainda que a súa sobriña e mais a ama se empeñasen en levarlle a contra e en telo metido na casa, coma si estivese encerrad na masi escura e profunda cela do castelo mais impenetrable da Mancha.

-Mira, Pepe, Santiago Matamouros é un dos mais valentes santos e cabaleiros que o mundo tivo... por iso Deus fixoo patrón e protector de España.

Nos seus olliños inflamados chispeaba a loucura coma unha pequena lapa dourada.

Pero co nome que mais identificado se sentía era co outro que lle daban: o de “Santiago Peregrino”. Imaxinábase camiñando por corredoiras poeirentas e cruzando ríos por vellas pontes de pedra, sorteando fochas e lameiras, en días de moita calor ou de ceos de chumbo que descargaban auga coma fervenzas, co sombreiro, co manto, a cabaza, o bordón e a concha da vieira, cosida nalgunha parte da vestimenta, para acreditar a súa condición d eperegrino a Santiago de Compostela. E tamén, que esa era a imaxe que os non crentes querían ver.

O fraco e nobre cabaleiro, de cara longa e esbrancuxada, longa barba e mostacho crecho, cambiou o helmo polo sombreiro, a armadura polo manto, o escudo pola cabaza e a lanza polo bordón, e montou no seu vello cabalo, seguido polo burrico co seu repoludo escudeiro, saiu ao abrente do día, deixando lonxea Meseta cos seus campos de trigo e os muiños de vento. Levaban como provisións queixo de cabra, pantrigo e unha bota de viño.

Despois de varios días de viaxe, chegaron a Roncesvalles. O sol estaba baixo e case os cegaba. Pronto se foi agochando detras do horizonte. Os brancos cirros tinguíanse dunha intensa cor laranza, que contrastaba cas cada vez mais escuras montañas dos Pirineos. Entre a ramaxe dos piñeiro contemplaban atónitos aquel máxico solpor que auguraba bo tempo. O encargado do albergue deulles unha folla para cubriren os seus datos e unha enquisa sobre o motivo polo que facían o Camiño coas seguintes opcións: relixioso, espiritual, cultural, deportivo, turistico e outros.

No longo traxecto ata Galicia coñeceron xentes de moitas nacionalidades: franceses,italianos, alemáns, surcoreanos...

-¡Ai, meu amo, cantas linguas se escoitan! ¡Moi grande ten que ser o mundo para dar acollida a tanta xente diferente!

-É, Pepe, é. Ainda así, a moitos parécelles que o sitio non lles chaga...

E día tra día, foron avanzando por ese Camiño tan ben sinalizado e que na antigüidade percorrían os peregrinos guiados polas estrelas durante a noite e polos gansos durante o día.

-Aí te Galicia, Pepe; velaí a cincenta de España. Ainda que é a mais fermosa, humilde e traballadora, sempre foi moi desprezada por tan altiva madrastra. Os seus filliños de antaño tiveron que emigrar loxe, e, mira ti como son as cousas, Pepe, agora vai vella, adopta ecuatorianos, romaneses, chineses, arxentinos, senegaleses...

A tarde ía morrendo pouco a pouco e o sol peneiraba a súas pallas de ouro entre as polas das árbores, sobre a herba e sobre a flores cando, por fin, albiscaron Santiago xoia de pedra, onde se forman sabios doutores, homes de letras, poetas, artistas... Sempre foi berce da cultura galega e polas noites, os estudantes cantan na tuna canción de amor.

-¡O Pórtico da Gloria! ¡ Que marabilla! -exclamou pampo don Quxote- O Mestre Mateo foi quen de esculpir na pedra unha admirablle síntese da Teoloxía Católica para achegar a intelixencias dos máis humildes a máis alta verdades da Relixión e da Moral, inspirándose na Biblia, fonte inesgotable onde beberon todos os grandes artistas e poeta cristiáns. Veña, Pepe, dálle uns croque a ver se che esperta o sentido.

ido. -Coa limpeza que hai neste século, Pepe, xa non se precisa o botafumeiro para aplacar o cheirume que antaño desprendían os corpos cansos e suorentos dos peregrinos.

-¡Aíndahai, meu amo, aínda hai!

O cabaleiro, emocionado, deulle unha aperta a Santiago e, ao visitar o seu sarcófago, xurdiulle da alma esta sincera e humilde oración:

-Grazas, meu Deus, por esta aventura. Neste Camiño todo é beleza, cultura e arte: petróglifos, pazos, castelos, cruceiros, igresias, mosteiros... diversas xentes e diversas linguas, e, sobre todo, ferventes cristians. E a ti, seños Santiago, fillo do Zebedeo, prégoche que eu sempre sexa un exemplar cabaleiro, servidor de todos, e que aprenda a beber o cáliz do Señor para poder acadar un curruncho xunto a ti á súa dereita ou á súa esquerda.

Sentiuse un trono e empezaron a caer grosa pingueira de chuvia cando saíron. Acubilláronse da treboada debaixo dos soportais da Praza da Quintana e, entre conto e conto, se súpeto, escampou. A luz amarela dos farois reflectíase nas molladas lousas do chan e nas pedras dos muros dos edificios que a circundaban, dádolle ao conxunto un aire de misterio.

-Disque en Compostela a chuvia e arte. ¡Que razón teñen! -coscubiñou o cabaleiro abraiado pola beleza da noite.

-E agora, Pepe, marchamos para á casa, que a sobriña e a ama van estar moi enrabietadas ses saber de nós.

-Pois lévelles unha desas flores tan fermosas que venden aí -dixo sinalando unha florería preto de catedral.

-¡Boa idea, Pepe! Voulle levar a flor de Santiago, esa que o grande botánico Carolus Clasius bautizou co nome de Narcissusindicusjacobeus, pola semellanza dos seus pétalso coa cruz que locen os cabaleiro da Orde de Santiago. É unha flor moi especial, Pepe, pois peregrinou dende o reino mexicano de Nova Galicia, aló polo 1577, ata chegar aquí.

-¡Que magoa que acabara o Camiño, meu señor! ¡ Vouno votar de menos!

-O Camiño empeza agora, Pepe. Nesta curta peregrinación estivemos guiados polas estrelas, e no que nos queda por andar, aluméannos outras.

-¿E cales, meu amo? ¡Eu doutras non sei!

-A da fe e a do amor, Pepe. A estrela da fe, que nos guía no noso camiño cara a luz sen ter en conta os obstáculos que nos queren arredar del. E a estrela do amor, que nos aparta de todas as manifestacións de egoismo e nos dá unha gran paz e felicidade.

Así, falando de todo un pouco, seguiron peregrinando cara a luz, esa que, no momento da nosa morte, estaremos máis próximos a acadar.

 

 

1º Premio Concurso de Relatos 2017

“Mariposas mutantes”

Autora: Lourdes Aso Torralba

 

Por las tardes miro el mar en la costa valenciana. Todavía no consigo relajarme al observar el vuelo rasante de las gaviotas y el vaivén de las olas continúa removiéndome el estómago. Me recuerda la travesía a bordo de una patera en la que apenas tenía espacio para respirar y me pongo a temblar. Dicen que es producto del trauma vivido y que con el tiempo lo olvidaré todo. Creo que se equivocan. Jamás olvidaré la baba y a mi hermano agitando los brazos en el agua y pidiendo ayuda. Ama y yo tuvimos más suerte (aunque ahora ya lo pongo en duda porque los remordimientos y el sentimiento de culpa no nos deja vivir en paz) pues nos rescataron a tiempo y ahora estamos vivas. Ama está tan silenciosa que nunca sé que pensamientos recorren su cabeza. Sus ojos enfocan a un lugar lejano, al instante que marcó un antes y un después en nuestras vidas. Pues fue ella la que convenció a Baba para huir de las bombas que asolaban los alrededores del campo de refugiados de la frontera Siria. También fue ella la que dijo que si no lo quería hacer por él, debía pensar en nuestro futuro pues ni siquiera sabíamos qué era una escuela y mucho menos, un mundo en el que no tuviéramos que esconder constantemente la cabeza para evitar que los cascotes la partieran en trozos como una sandía madura. Era ella la que nos alentaba una y otra vez para que no dejáramos de caminar, para llegar a tiempo a coger un tren, para atravesar la frontera antes de que colocaran alambradas o para subir a una patera aunque la climatología no fuera favorable. Si nos quejábamos del cansancio solía aconsejarnos que lo tomáramos como si fuera una peregrinación hacia la Meca aunque en dirección contraria, y que también había oído que los cristianos hacían lo mismo por una ruta que llamaban Camino de Santiago.

Miro el sol esconderse por occidente, mi lugar de ahora y no puedo por menos que pensar en todo lo que dejé en oriente. A Ama le pasa lo mismo y eso que está todo el día ocupada trabajando en una hospedería a limpiar y ayudar en la cocina hasta que se hace de noche. Los pucheros siempre se le han dado bien aunque le ha costado mucho hacerse con el puntito exacto para cocer el arroz de las paellas sin que se le peguen los granos al fondo. Aunque ocupar la cabeza en tareas simples le ayuda a mantener la estabilidad mental, yo sé que no es la misma y que por dentro está tan rota que ni siquiera puede llorar toda la pena acumulada. Lo sé porque las dos hemos vivido el exilio. La peregrinación y las perdidas con la misma intensidad y el mismo miedo bajo la piel. Los ruidos intensos todavía nos sobresaltan, no se nos ha pasado la manía de miras a los cuatro flancos con la intención de asegurarnos si está el campo despejado para cruzar una calle o si del cielo van a llover bombas que amenacen con amputarnos brazos o piernas.

Los día de descanso solemos sentarnos como hacíamos antes, en la puerta de la casa donde vivimos hasta que cae la tarde. Ama no reza ni una sola vez e incluso se ha quitado el pañuelo de la cabeza. Tiene un cabello color castaño oscuro que ondea libre mecido por las suaves corrientes de viento. Son los escasos momentos donde me parece que es un poco feliz aunque no puedo saberlo porque se guarda todo para ella y debe avergonzarle que la vea vulnerable.

Aunque voy a la escuela no he conseguido hacer demasiados amigos. Todavía se me enredan las palabras españolas mezcladas con las que me enseño Ama y me cuesta mucho elaborar una frase completa sin cometer errores. Ya he comprobado que una equivocación mía acarrea irremediablemente sus risas y burlas porque no soy como los demás, o porque vengo a robarles el pan y el sitio en la escuela, o porque debía haberme quedado en mi tierra. Me gustaría decirles que me parece poco humano su comportamiento, que lo que no quieran para ellos no deberían quererlo para los demás pero cada uno, en esta parte de occidente va a lo suyo sin importarle lo que les ocurre a los demás. Por eso me sorprende tanto esa gente que va y viene con mochilas cargadas a sus espaldas, con botas gruesas en los pies y sin prisa alguna, saboreando los instantes del camino. Ama dice que son peregrinos y trata de explicarme la diferencia con nosotras que somos refugiadas.

Algunas de estas personas han prometido ir hasta Santiago de Compostela que está muy al norte, a bastantes kilómetros de distancia, siguiendo los mismos pasos que hiciera el Apóstol. Otros caminan sin saber muy bien porque lo hacen, como si pretendieran encontrar respuestas en el camino, conocerse mejor, pasar mas tiempo consigo mismos y abandonarse a sus pensamientos más íntimos. Le digo a Ama que no entiendo nada de lo que dice pues nosotras, cuando caminábamos, solo teníamos un objetivo, llegar a tiempo a una zona mejor. Entonces me habla de la diferencia entre huir y buscar y me recuerda que a esa gente les mueven sentimientos religiosos. En cierta manera se parece a nuestro muro de las lamentaciones.

Yo suelo merodear por los alrededores del albergue para ver a esos peregrinos, sobre todo porque llevan una guitarras de la que sale música que a mi me alegra el alma. Dicen que son canciones de misa pero como no comprendo muy bien la letra, simplemente palmeo con las manos y dejo que las notas surtan efecto beneficioso de recuperar algo de tranquilidad, pues por raro que nos parezca a Ama y a mi, esas canciones diluyen nuestras penas porque parecen estar muy llenas de alegría.

Algunas veces, mientras vamos de compras suelo tirar del brazo de Ama para que se pare pues delante de los templos también hay gente que canta y tiene el platillo de pedir en el suelo por si alguien quiere echarle alguna moneda con la que comerá después. Mil veces me he sentido tentada a pedirle a Ama que me permitiera entrar a ver como son los templos de los cristianos pero me da un poco de miedo su reacción. No quiero enfadarla por nada del mundo. Y tampoco me atrevo a decirle que el resto de las niñas está a punto de hacer su primera comunión y que a mi me apetecería llevar un traje tan bonito como ellas (me quedo pegada en los escaparates soñando lo guapa que estaría con ellos puestos) y hacer las mismas cosas que les veo hacer. Además, todas van a recibir muchísimos regalos por esa fiesta, algunos creo que incluso muy excesivos pues por más que pienso en todas nuestra celebraciones. En ninguna encuentro un despilfarro semejante.

Ama se disculpa por tener que volver a trabajar una tarde de sábado pues ha llegado más gente de la esperada y se han terminado las reservas de la cocina. Yo estoy libre y me acerco a escuchar a la gente, simplemente para sentir su compañía e imaginar que no estoy tan sola. Me asusto cuando un chico de mi edad me pregunta si yo también voy a Santiago y si de verdad voy sola. Dice llamarse Fabián. Tardo un poco en darme cuenta que de verdad me habla a mi, que me trata con respeto y no se ríe al escucharme hablar el chapurreado de español que sale de mi boca. Pregunta si vengo del extranjero pues esa ruta es muy considerada mundialmente y no es raro poder practicar idiomas por el camino y conocer gentes de diversas nacionalidades, norteamericanos incluidos. A mi me da mucho que pensar pues hasta ahora veía llegar y marchar a la gente con su carga a cuestas y para mi era como si escaparan de algo, como si intentaran dejar atrás el pasado. Fabián me dice que así es, que la ruta purifica el alma y hace a uno mucho mejor persona, o al menos es una de las pretensiones. No puedo mentirle. Fabián ha sido sincero conmigo y lo menos que puedo es corresponderle con mi verdad. Le hablo de mi tierra en Siria, de mi largo peregrinar, de mi acogida en estas tierras valencianas y de mi desconocimiento sobre las costumbres cristianas. Cuando me pregunta por qué estoy sola le digo que las chicas de mi colegio están demasiado ocupadas probándose los trajes de comunión y, que aunque a mi me gustaría mucho celebrar esa fiesta, ni siquiera se lo he dicho a Ama.

Después de una tertulia muy larga en la que, curiosamente me siento a gusto, veo al chico regresar con los suyos. Me dice que aún estará un par de días pues hay varios compañeros que tienen los pies enfermos y necesitan algo de tiempo para que mejoren sus heridas antes de volver a emprender el camino. Como yo he caminado por charcos de agua, con agujeros en los zapatos y con calcetines mojados y sucios, sé de qué me habla pues aunque les veo mucho mejor calzados, el dolor debe ser el mismo

La mañana del domingo Ama me deja ir a escuchar la música de guitarras y de las gaitas que parecen llorar conforme sale el aire de sus barrigas. La veo mucho más alegre pero no sé el motivo. Parece que eso que habían dicho los doctores, que el tiempo todo lo cura, va haciendo efecto en Ama para que hable un poco más y parezca que ha dejado atrás la culpa. Sin embargo, cuando regreso tiene algo que decir y eso me asusta pues no sé que está pasando por su cabeza. Me dice que falta poco para mis vacaciones escolares y que a ella también le van a dar unos días libres para que descanse. Me propone ir a Santiago, si me parece bien. Me dice que será como un regalo de comunión anticipado pues ya ha visto como se me van los ojos delante de los vestidos. Dice que tanto da que hablemos de Alá o de Dios pues si nos ha dejado con vida ha debido tener un buen motivo y quizá lo descubramos caminando más tranquilas que cuando escapábamos de una muerte casi segura, dice que a lo mejor hacemos las paces con Alá y los nuestros, que seguro que baba y mi hermano lo entienden y que, además, así conocemos España y sus gentes pues no sabe a que otro sitio podemos ir. A mi me parece bien. Desde siempre he sentido curiosidad por saber qué busca la gente en el camino, que hay más allá de las tierras valencianas.

Ama dice que aunque hay cuarenta y dos etapas y a lo mejor deberíamos hacerlo en varias veces, caminamos mucho más para llegar aquí, que no pasa nada por tomárnoslo con calma y que si no sellamos el carné este año, nos queda mucho tiempo por delante para ir haciendo pues cuatro comunidades autónomas no son nada comparado con una docena de países.

Planeamos el viaje con rapidez, acostumbradas a viajar con lo puesto. En la mochila cargamos lo absolutamente imprescindible y nos despedimos de los jefes de Ama y algún que otro conocido. Nos miran extrañados, como si hacer la ruta del Apóstol tuviera que ser solo cosa de cristianos pero respetaron nuestra tozudez y valentía. Llevaríamos cuatro o cinco jornadas cuando Ama empezó a estar más comunicativa. Me habló del sentimiento de culpa que todavía le despertaba por la noche, de las alegrías que le daba yo al aprender tanto en el colegio, del futuro que podía esperar tan diferente al que me habría esperado en Siria. En uno de los albergues encontramos pernoctando a Fabián con su grupo. A Ama no le pasó desapercibida la luz con la que brillaban mis ojos. Adivinó que dentro de mi corazón palpitaba una ilusión adolescente de un amor impulsivo y quizá esa había sido su razón para echarnos a los caminos, que pudiera volver a soñar en libertad. Paso a paso durante las siguientes etapas fui liberándome de las sucesivas capas de cebolla con las que había intentado protegerme. Me di cuenta de que el camino se hace por muchos motivos pero que también importa la predisposición del ánimo a emocionarse con las pequeñas cosas, que en definitiva son las que nos dan instantes de felicidad, los mismos que debió saborear el Apóstol hace muchos siglos.

Ama dijo que tenía que regresar a Valencia cuando llegáramos a Las Pedroñeras. Pensaba hacerlo en autobús y me pregunta si quiero regresar con ella o deseo continuar sola hasta Santiago acoplándome al grupo de Fabián. Dudo un instante pero al final le digo no hay nada que me haga más ilusión que continuar, que la llamaré todas las noches para contarle como estoy y que necesito (recalco la palabra necesidad) seguir adelante. Me deja euros suficientes para el resto del viaje y se despide. Por primera vez me quedo sola. Al menos tengo una sensación de vacío a mi alrededor y en el fondo de mi alma pero solo tocando fondo (Ama lo sabe) lograré de una vez por todas ser yo también la que era antes. Fabián respetaba mi silencio y se ocupaba de la colada. Yo me siento a contemplar los molinos de viento. Estamos en el Toboso, camino de la Villa de Don Fradique. De repente me acuerdo de las clases de lenguaje del colegio, de Don Quijote de la Mancha al que todos creían loco por pelear con los molinos de viento que creía gigantes y pienso si no será yo como él, una loca que desafía al mundo para intentar entender qué hay dentro de él. Se me acerca un anciano que me recuerda al abuelo. Pregunta si puede sentarse en una piedra próxima a la mía, que si molesta se va. Encojo los hombros y lo toma como una invitación a hablar. Me dice que él hace muchos años, cuando tenía mi edad, hizo por primera vez el camino y que es, quizá la última vez que lo repita, que cada vez ha descubierto cosas nuevas y ha vuelto a emocionarse. Que puede tener algo que ver con la religión o simplemente puedo tomarlo como un recogimiento interior que me ayude al crecimiento personal. Hurga como nadie antes dentro de mis heridas y como no me atrevo a gritar que se calle, las abres en canal y desaparece. El dolor fluye a través de las lágrimas, las que salieron cuando las bombas destruyeron nuestra casa, las que se quedaron congeladas cuando los días en el campo de refugiados eran tan monótonos que carecían de futuro, las que murieron con baba y mi hermano y las que no encontraron camino para acercarme a Ama y consolarla en el proceso de duelo. También salieron las lágrimas de agradecimiento a la gente que nos había rescatado de la patera, las que nos habían puesto una manta caliente en el cuerpo y dado a beber caldo templado. Las que día a día nos daban los buenos días, nos vendían la barra de pan, nos cedían el paso en un cruce de calles, nos recordaban que, aparte de odio incomprensible de las guerras hay gente buena por el mundo que busca hasta encontrar el camino que debe seguir. Lloro mientras Fabián se ocupa también de mi colada, como si estuviera dándole vuelta a mi alma y poniéndola a remojar en lejía para sacarle el color mas blanco. Aún con los ojos hinchados logro mirar a mi alrededor. Los caminos se entrecruzan y cada uno va en una dirección. Recuerdo a Ama decir que todas las sendas llevan a Roma pero me doy cuenta que tengo libertad de elegir y que depende que camino tome, mi vida también girará de forma diferente. Hago las paces con mi alma. Agradezco a Fabián que haya respetado mi proceso de duelo. Me sorprende escuchar su confesión. Me dice que ya que yo he sido sincera, debe corresponderme con otro tanto. Se han retrasado porque también él acababa de tocar fondo. Me dice que si no me he dado cuenta de que apenas estaba con su padre, de sus enemistades y reconozco que estaba metida en mis asuntos, en mi yo, que no me había fijado en esas cosas. Me dice que gracias a mi ha sido consciente de que se necesita muy poco para vivir y que su padre tenía razón al no comprarle tanto capricho. Viaja sin móvil, sin ordenador, sin música en las orejas y me dice que es feliz, feliz por el mero hecho de estar a mi lado y compartir instantes que quizá perduren eternamente.

Tardamos aún algunas semanas en llegar a Santiago pero no nos quejamos ni una sola vez, sobre todo porque la cuenta atrás de nuestros relojes juega en contra nuestra, a no ser que estuviera escrito en algún sitio que íbamos compartir nuestro futuro juntos . El camino nos une para siempre y Fabián dice que lo que une Dios no lo puede separar el hombre. Es su particular declaración de amor, la que grabamos en una piedra de Santiago de Compostela con la promesa de volver a renovar algún día nuestros votos de compromiso.

Ama me abraza a mi regreso y a mi me recuerda mi niñez, esa época inocente en la que soñaba con príncipes. Durante el camino de Santiago me he transformado en una mujer adulta, he tocado fondo y he vuelto a renacer. Ahora miro a esa gente que llega con sus mochilas y, en cierta manera siento empatía con todos ellos, mariposas mutantes a punto de salir de sus crisálidas. En algún albergue del camino todos echaran a volar.