Contigo al Fin del Mundo (1er premio 2009)

Camino Francés 0€ 632 hits

Descripción


“... e pese a todo levo na boca o verso dos vencidos” (Xosé Carlos Caneiro)

El autobús paró su motor. Mi cuerpo dejó de vibrar y la hilera de pasajeros inició el lento descenso que antecede la recogida de equipajes, entre los que había algunas mochilas con conchas y cruces santiaguesas. Yo aún no tenía asumido mi condición de andariego que debutaba esa jornada. Era veintisiete de mayo, todavía lejos los calores del verano.
No es que fuera mi deseo hacer el Camino, pero el deber me impulsaba. La palabra siempre se cumple, y más si se pronuncia ante un lecho de muerte. El chofer ya había sacado mi mochila, sin conchas, y con una breve sonrisa me deseó suerte. Pienso que su gesto fue al reconocer los útiles corrientes y el atuendo de los peregrinos, más si la estación es la de O Cebreiro, en el Camino Francés.

Emprendí el camino como una misión que llevar a su fin, aunque no sabía si la odisea tendría retorno. Cuando la muerte pasa una vez tan cerca, y se queda a dormir en el equipaje, ya es una compañera más de alientos y desalientos. Y yo, anfitrión preciado, la invito a quedarse compartiendo queso y zapatillas.

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Con la sonrisa del conductor (que no devolví) busqué el primer café con leche del día. Desde aquí sólo quedan 150 kilómetros para Santiago. A una media, aterrante para un sedentario, de 25 kilómetros, serían seis jornadas. Miré en la guía que había comprado, en una librería de Madrid, el santuario de Santa María la Real, origen prerrománico, la iglesia más antigua del Camino Francés. El manual incluía una lista de objetos litúrgicos en su interior, pero no decía nada de mi dolor.

Llegar a cualquier parte se comienza con un único paso y, con la vara recta pasándome y avíos a la espalda, lo di tras tocar en el bolsillo la moneda, invocando a la suerte. Miré el dibujo de la ruta y no pude evitar percibir la hoja del encefalograma de mi vida en los siguientes días. Y la memoria, esa traidora impertinente, me llevó al pie de la cama a leer, una y otra vez, el electro de Marta. Mis pasos me transportan otra vez por los senderos de las líneas de la muerte y de la vida, sólo que esta vez la escritura es más larga y los renglones de polvo y asfalto.

Desde la altura de la aldea dominé el tiempo del mundo. El camino auguraba bajadas, pero si había pendientes que bajar, también las tendría que remontar. Prometía un viaje convidado en el carrusel de la vida.

Un caminante intentó darme conversación, sin respetar mi mutismo. Antes de llegar a la aldea del Padornelo me contó que por allí se instaló la Orden de San Juan de Jerusalén, para defender a los peregrinos. Al rato largo, tras recibir un silencio de barro por mi parte y de cansarse, de paso, de contarme que hacía el camino en agradecimiento por su hijo, que sacó oposiciones a celador de algún gobierno autonómico, se adelantó. Me fui quedando atrás con mis recuerdos. Los pies alegres del comienzo fueron haciéndose plomo y el metal no es buen consejero para las extremidades. Transcurridas dos horas los pies pasan a ser autómatas. Lo que se siente es la cadera, lo anuncia un dolor sordo, leve aunque indisoluble. No impide andar, pero hace que la mente se preste atenta a los males del cuerpo para olvidar las penas del alma. Cada parada de descanso era un temblor de placer y sufrimiento del cuerpo, especialmente piernas y pies. Cumplida mi primera etapa, en el albergue de Triacastela, entre hablas, risas y susurros del espacio compartido, la memoria volvió ignorando mis dolores de cuerpo y aliento. Mi cabeza se fue al lado de la cama de Marta, recordando nuestros comienzos.

- Siempre te dije que contigo al fin del mundo –decía a menudo ella.
- Y yo te respondí que no sabía dónde se hallaba ese lugar –era mi juego de repetir siempre la misma broma.
- Está donde queramos que esté. Aquí, allí… o en el fin del mundo. Iremos juntos, o si uno no puede, irá el otro por los dos. ¿Vale?
- Vale –aceptaba yo con resignación-; harán falta cuatro pies.

Se renovaba la escena cada cierto tiempo, aunque con idéntico guión. Me dijo que me seguiría siempre por ciudades y viajes. Veinte años hace. Veinte caminos de sol y rosas, alguna espina y muchos trenes y aeropuertos. Cada viaje, cada despedida era un ritual: ocho besos, cuatro por los rusos, tres por los franceses, y uno en la boca. Éste último terminaba “Contigo al Fin del Mundo”.

Pero hacía poco se produjo la última despedida. Y en esta no se cumplió el rito, aunque sí la frase final. Ese día era veintisiete, y tan solo hacía cuatro que su cuerpo descansaba en paz y las llamas lo habían olvidado.

El despertar trajo el dolor de todo mi organismo y la certeza de que no podría levantarlo de la cama. La dureza del andar se metió en los huesos. Diferente era la aflicción del primer día sin Marta, cuando el alba obligaba a rematar el equipaje antes de salir. Comprobar que dentro estaba lo justo y necesario. Sumergir el termo fue lo más difícil, la señal de que todo tiene su inicio y su fin. El teléfono móvil, tan inseparable, relegado al olvido lloraba en un rincón.

Tampoco quise responder a nadie, excepto los monosílabos de rigor y compromiso. Seguro que di la imagen a compañeros de albergue de estar ante un ser extraño y maniático. No dije adiós al salir. Tuve que decidir. Dos señales azules en las que relucía el sol de una concha amarilla, con dos muñecos caminantes, señalaban en direcciones opuestas: El destino era el mismo: a la derecha San Xil. La izquierda fue mi elección, la del monasterio benedictino de Samos, uno de los más antiguos de Occidente. Me atrajo su hostelería, pues es sabido que los dolores de cuerpo y alma son menos si la comida es buena y casera.

Sarria, nuevo descanso. El sueño vence al mundo y su algazara. Antes el ceremonial de curar los pies y tratar las ampollas que ya iniciaban su presencia.

Desperté con la alarma del corazón disparada. Mi mente, antes que mis ojos, me mostró a un joven de barba y piercings varios con el termo en su mano. Minutos después mi recuerdo me devolvía skets de lo sucedido: una de mis manos sujetando el tarro después de arrancarlo de la garra prensil. Otra mano, autónoma y sin dueño, le volvía la cara de su sonoro bofetón. Sangre en la barba. Gritos mezclados: ¡Está loco! ¡Que alguien llame a la policía ¡Miren lo que me ha hecho! ¡Le han intentado robar ¡Yo solo quería invitar a mis amigos a café! Mis pies andando sólos, Si el frasco térmico desapareciese perdería la razón; la mía y la de existir. Salí de Sarria por el puente de piedra de Áspera. La jornada se hizo terca y desafiante. No suelo perder el control, pero no podía permitir que un pazguato empleara mi termo como blanco de sus gamberradas; ni echarlo todo a perder por la falta de educación de un niñato. El cansancio y la belleza del entorno (puentes, hórreos, vacas,…) me fueron serenando. Esperaba no ver más al barbas ni a sus amigos. Seguramente perderían el día en curas.

Cuando las horas pasan la mente rumia pasos, tierra, barro, asfalto…; parece una autómata estropeada. En Portomarín, busco un hostal. No puedo arriesgarme a que otro nenuco desee tomarse un café a mi costa. La iglesia de San Nicolás semeja un castillo cíclope, una catedral a la que unos ladrones hubieran robado las torres en una noche sin luna. La memoria me muestra el teléfono en el que una voz interior me da la noticia: “Siento mucho decirle que su mujer ha tenido un accidente”. La aparto de un manotazo que se funde con el que le di al ladrón de café.

La mujer del hostal, amable, se interesó por mí y ahuyentó mi miedo. Me atreví a contarle que hacía el camino por mi mujer recién fallecida. Estando en el fin del mundo, en el otro, en uno de mis viajes profesionales, me llamó el Consulado. Se le había derramado un cubo de agua y, encendido…, un secador de pelo. Le dije que iría con ella al Fin del Mundo. Mi corazón abandonó Shanghái antes que yo.

La calzada de Portomarín a Palas de Rei se hace eterna, Los cruceiros de piedra me miran desde sus atalayas. Los ojos agradecen cada hórreo, cada bosque, cada campanario que ven. Mis oídos se van haciendo a los pájaros. Mudándome la piel fui a Melide y a Arzúa.

Entré ya de noche por la rúa dos Concheiros y seguí hasta San Pedro, donde hallé una cómoda pensión. Mejor esta parada ahora y no tener percances con andarines. A la mañana siguiente entré por un arco a la explanada del Obradoiro. La zona respiraba bullicio y alegría. Me senté en el centro a ver la vida llegar y partir, tumbarse entre el colorido antes de emprender la subida al Pórtico de la Gloria.

Trascurrida una hora, comí algo y me dije que había terminado la primera parte de mi misión. Tanteé las monedas cosidas en el interior del bolsillo: oro. Siglo I, muy desgastada; emperador romano Augusto, año 27 antes de Cristo. Una cara, su rostro y la inscripción Caesar Avgvsta; la otra, una cuadriga con cuatro caballos.

Retrocedí por las escaleras, donde un gaitero ambientaba paseantes. Entonces vi al ladrón de barbas. Uno de sus acompañantes le dio un codazo para advertirle de mi presencia. Nuestras miradas quedaron conectadas por un alambre de acero, inamovibles. Estuvimos así, de piedra y silencio, un minuto o más. El rapaz hizo un gesto amenazante con la mano y dio un primer paso. Uno de sus compañeros lo detuvo.

Seguí mi camino ignorándolo.

Varias jornadas más en dirección a Muros, Carnota… Fisterra. Me quedaban 140 kilómetros y otro sinfín de aldeas y villas que recorrer. Dirigí mis pasos, como gaviota torpe en playa arenosa, al Cabo de Costa da Morte, donde el mar no perdona y solamente reza por los pescadores y marineros que dejaron su vida sin que Dios pudiese hacer milagro alguno para salvarlos de las manos y omnipotentes de las aguas.

Desde el faro vi el azul vencido por el blanco de las olas, cuando dejan de ser tales y forman el aullido de la naturaleza convirtiéndose en dios; o en demonio. Su rugido sólo podía hablar de los cientos de barcos sepultados tras un ágape inmisericorde en el curso del cual fueron tragados. Ahora únicamente su llanto se une al grito de la espuma. Quiero creer que son las barcarolas de los marineros que celebran. Para eso vine, no a reclamar ni a exigir. Vengo con la humildad de quién se acerca a la pila de un nuevo bautismo o ante la mesa sacrificial.

Si más de doscientos pecios y de tres mil marineros esperan por mí, no seré yo, débil David, el que pueda ganar esta guerra al ser descomunal. Más bien me veo brincando por los aires, rechazado por las aspas de otro gigante, éste transformado en molino por un mago encantador. Busqué un camino de bajada. No había llegado hasta allí para acobardarme en el último instante. Aceché lento a las olas que abofeteaban sin piedad las rocas. Una de ellas horadaba un cuenco de apenas cuatro palmos de diámetro. Era el momento de la celebración. Como si de abrir un sagrario se tratase saqué del fondo de la mochila el termo. El ritual de girar la rosca se hizo, así como el volcar las cenizas que contenía en la poza, con todo el respeto y afecto por quien ya no está sino en el pensamiento.

Deposité la moneda sobre ellas, pago a Caronte por sus servicios. Las olas bramaron antes de abalanzarse sobre el festín que se les ofrecía en el altar de los sacrificios. Aceptaron el holocausto y se calmaron momentáneamente. Me pareció oír la voz dulce de Marta, agradecida, mezclada con otras miles.

Al subir vi al viejo, sentado en una piedra, con la barbilla apoyada en un bastón. Fue él quien habló: Aquí se llega para iniciar el retorno. Has de terminar el ritual. Era como si supiera lo que había venido a hacer. Incluso me dijo: Llevas otra moneda para ti y la duda continua de sí debes acompañarla.

- ¿Quién es usted? –le interrogué extrañado.
- Sólo soy uno más – su voz era temblona, de anciano.
- ¿Uno más,… de qué, de quienes?
- Da igual. Somos muchos, aunque lo de Legión ya está dicho. Tú has venido aquí siguiendo un rito. Quien llega al final comienza de nuevo.
- Sí, pero… ¿Quién es usted? – Necesitaba preguntarle, saber.
- Solo un viejo más que habita la costa. Un «vello», como dicen aquí.

Esa noche dormí al raso en el saco de dormir y cubierto por la manta de viaje, tras el faro para resguardarme del aire húedo. Al amanecer volví al lugar donde entregué sus cenizas a la inmensidad. Quedé desnudo saludando al mar. Una chispa de mechero prendió el alcohol que empleaba para desinfestarme las llagas y todo fue un amasijo de fuego purificador. Me vestí tranquilamente con la ropa que me trajo el anciano. Trajeado (gris marengo, camisa amarilla y corbata azul), volví sobre mis pasos. No era el mismo el que partía. El hombre miraba en las alturas. Lo saludé y, en mi fuero interno, le agradecí. Una nueva vida me esperaba. Me lo dijo el mar en su clamor: ocho besos, cuatro por los rusos, tres por los franceses, y uno en la boca. Contigo al Fin del Mundo.