Historia de un caminante (3er premio 2017)

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Descripción

“Historia de un caminante”

Autor: Francisco Javier Aparicio Ruiz

 

“Por una llanada de maiz y heno corre el camino de Laredo a Colindres, de Colindres a la marisma y barca de Treto, donde se cruza la ría de Marrón”.

Amós de Escalante - Diario de un caminante

 

Mucho tiempo atrás, sus ojos verdes eran el espejo de la campiña inglesa. Su mirada era serena y sin estridencias, como las praderas que rodean el pueblo de Marlborogh, en el condado de Wiltshire, donde no le quedó otra alternativa que nacer. A estas alturas, sin embargo, sus retinas parecían haber dado un golpe en la mesa de su semblante, oscureciéndolo de forma definitiva, de tal modo que aquella primaria identidad se había quedado huérfana de indicios en el rostro de alguien que ya no ere el mismo.

La actividad del destacamento del Rastrillar, el trasiego de mulas cargadas de víveres y municiones, no le llamaban especialmente la atención. A sus cincuenta años había sido seducido por el error de pensar que ya había visto todo lo que se podía ver. En cualquier caso, no le faltaba razón. Es lo que tiene haber dedicado la vida a recorrer todos los polvorines y todas las santabárbaras de las tierras, los mares y los ríos de Europa.

A pesar de la curvatura de su espalda y del muñón que le acompañaba su caminar con movimientos inconexos, su figura no parecía grotesca. Del preciso lugar donde hacía tiempo existió un brazo derecho, parecía emanar un halo de hidalguía. Brazo más, brazo menos, qué más da. Todavía hoy, después de tantos años, cuando recurre al vino como un antídoto contra la penuria de continuar vivo, recuerda con amarga sonrisa su brazo tendido en el suelo, con los dedos ensangrentados moviéndose sin concierto y la mirada arrepentida del soldado francés sable en ristre, se dio la vuelta sin rematarlo, echándose la mano a la boca con la ineficaz intención de que no se le escapara el vómito.

Una vez franqueada la puerta de San Lorenzo, bajaba las escaleras irregulares que conducen a la puebla de Laredo con la dignidad que aporta ser un superviviente sin saberlo. Bonaparte seguía sus pasos moviendo la cola un tanto amedrentado, después de haber concluido que los perros de estas tierras no saben ladrar en alemán.

Ainsley creía querer a su perro con la misma intensidad que quería a su bastón, pero era incierto. Desde la muerte de Hannah, no había disfrutado de un calor diferente al que le proporcionaba Napoleón mientras dormía a su lado en la cuneta de cualquier camino. El viejo inglés sin patria presumía de tener callos en su precaria sensibilidad, aunque algunas mañanas, cuando se despertaba mareado y sin pedir permiso al vino, sonreía sabiéndose un desgraciado que al menos tuvo la decencia de librar al cachorro de morir calcinado en el infierno de Austerlitz.

-Está usted faltando a la verdad-, dirían Napoleón y Ainsley. Haciendo memoria, sí que es cierto que de vez en cuando el viejo soldado había padecido el tibio contacto de algunas prostitutas baratas que huelen a vinagre, malgastando lo recaudado en limosnas durante una semana en unos cuantos besos acres, concedidos por bocas desdentadas que huelen a miseria. -Pensándolo bien, tiene usted razón-, reconocerían amo y perro. Aquello no era calor. No era más que triste temperatura.

A veces, mientras dormía acurrucado entre la hojarasca de cualquier bosque que se había prestado a ser morada ocasional, soñaba con yacer arrebujado entre los pechos de su amazona teutona, intentando sin conseguirlo cubrir con sus manos aquellas tetas generosas que olían a madre sin haber dado de mamar. Sin embargo, el despertar siempre era el mismo. Hannah ya hacía demasiado tiempo que estaba muerta del todo y muchos años también habían pasado desde que su brazo derecho, enterrado en una fosa junto a muchos otros miembros de soldados sin nombre, no tenía senos que palpar. Entonces, el despertar siempre era el mismo. A su lado, nada mas que el costillar peludo de Napoleón, junto un pellejo de vino rancio que le habría de proporcionar el patético desayuno capaz de permitirle afrontar la vida, un día más, al menos.

***

Llegó tarde al embarcadero y se encontró una barca sin barquero. El sol se había ausentado detrás de Montehano sin decir adiós siquiera, abriendo la puerta a la nube de mosquitos marismeños que se reunían en asamblea en aquel lugar cada atardecer de las estaciones secas.

La ría de Treto le mostró por fin su bajamar sin vergüenza alguna, dejando ver sus riberas engalanadas de verdín, con la disculpa de que aquella exhibición no era una afrenta impúdica, sino uno mas de los caprichos programados de la marea. Demasiado tarde para cruzar, aunque eso al viejo soldado poco le preocupaba. Tenía todo el tiempo del mundo para llegar a su destino o al menos, tenía para ello todo su tiempo del mundo. Se acabaron las épocas de poner objetivos concretos de su existencia.

Esa noche Ainsley no pudo disfrutar de la hospitalidad de la ermita de la Magdalena. Cayó borracho y rendido en sus aledaños, sin ser capaz siquiera de poder llamar a la puerta. La noche a la intemperie y las nauseas de la mañana siguiente no le privaron de ver a más de una docena de peregrinos que se despedían de los hospitalarios frailes, unos cruceros y otros concheros, para tomar a continuación el sendero que llevaba a la barca de Treto y continuar sus caminos respectivos. Los primeros, a Liébana y los otros, a Compostela.

Ante los gruñidos insistentes de Napoleón, al viejo inglés no le quedó otro remedio que levantarse y seguir aquella comitiva de peregrinos, aunque fue incapaz de llegar a la escollera. No quedarían cuatrocientas varas para alcanzar su destino, cuando un pequeño promontorio coronado por un tejo de sombra siniestra llamó su atención.

-Por hoy hemos andado suficiente, compañero-, El galgo agachó las orejas, dando vuelta alrededor del árbol en cuyo tronco su amo ya había acomodado la espalda, apoyado en su vieja casaca sin botones. Lo que no sabían en ese momento ni Ainsley ni su perro es que esa iba se su morada por unos cuantos meses más.

Cada mañana, el inglés oteaba el panorama, observando el trasiego de hombres, fardos de hierba, parejas de bueyes y piaras de cerdos, como si asistiera al episodio bíblico del Arca. Estaba equivocado. Sebio, el barquero, no se parecía a Noé ni en el blanco de los ojos, aunque fuera tan borracho como él y además, la barca de Treto no era portadora de huidas apocalípticas, sino de pasajes con vocación de ida y vuelta inscritos en un estuario poco dado a estridencias fabulosas.

A la sombra del tejo, aprendió a distinguir los peregrinos de verdad entre las mercaderías, la cabaña y el gentío que abarrotaban la amplia plataforma de la barcaza. Parecían portadores de un devoto estigma que a él se le antojaba un tanto grotesco, como si pretendieran levitar entre la mercancía y la muchedumbre,reconociéndose portadores de una encomienda que abre las puerta de la eternidad.

***

Religiosos sin relicario, peregrinos sin reliquias que poder llevarse al alma hasta el final del camino. De ves en cuando, mientras se entretenía apretujando la bayas que el tejo tenía a bien depositar en el suelo sin otro fin que perdurar, el viejo soldado se aferraba a la idea de que eran otros los motivos que lo habían llevado a comenzar su particular andadura.

Ni el pedazo de madera de Liébana ni los restos de un santo en Compostela. Ainsley se había echado a andar para encontrar la fosa común donde al parecer reposaban los restos de su hermano mayor, muerto con supuesto honor en la batalla de Finisterre, casi veintiocho años atrás. A estas alturas del camino, el viejo soldado inglés intentaba disipar sus dudas al respeto, procurando no pensar demasiado en el motivo de su viaje.

A veces, el chacolí se mostraba traicionero y acusador y le reprochaba que la verdadera razón de su singladura era huir de una Europa que se derramaba en sangre, de un campo de batalla permanente que su funesta existencia había convertido en atormentado hogar. Entonces, se despabilaba de malos pensamientos, aferrándose al hecho incontestable de que se encontraba en la ribera oriental de la ría de Treto, postrado día tras día junto al fiel Napoleón bajo la sombra pagana de un tejo.

Su periplo se había prorrogado gracias al vino barato que la cantina de pescadores, a la hospitalidad de los monjes de la ermita de la Magdalena y al culo de una viuda marisquera que veía pasar cada día, aún sabiendo que nunca iba a ser para él. Sin tener muy claro si lo quería o no, alimentaba su desidia observando el espectáculo de ver fe y trabajo, peregrinos y labradores, naturalezas vivas y naturalezas muertas, cruzar cada día aquella lengua de agua salobre mecida por la marea, como un diapasón perpetuo sin origen ni destino.

***

Una mañana, se despertó sabiendo que no se quería despertar, porque el día anterior las limosnas no habían dado para beber la dosis de vino necesaria en la taberna. De camino al árbol que había sido su parapeto ante la obligación de existir durante meses, vio al administrador del Duque de Noblejas, propietario de la Torre de Treto, correr con cara desencajada. Un veterano como Ainsley no podía tardar demasiado en entender que una vez más, la guerra se iba a abrir hueco a codazos para llenar de miserias la vida de los hombres.

Según llegó a sus oídos, el infante Don Carlos quería apropiarse de la tarta dinástica, por las buena o por las malas. Ainsley se sentó bajo el tejo, sabiendo que las tropas ya estaban en movimiento, aunque sin tener él, por su parte, intención alguna de moverse. Desperezó a Napoleón con una mala patada y se fue a la cantina para suplicar beberse a crédito todo lo que pudiera aguantar. Contempló la barca de Treto, sin pasajeros ni mercancías y supo que nunca jamás llegaría a La Coruña.

A la mañana siguiente, se le escapó el alma en una náusea. Los monjes lo enterraron junto al árbol, a los pies de una rudimentaria cruz de madera. Un par de meses después, el Duque de Noblejas ordenó dignificar su tumba con una tosca losa, que nunca estaría abandonada. Todas las semanas, con permiso de la marea, una marisquera viuda de amplias nalgas depositaba con sus manos llenas de sabañones un pequeño ramo de margaritas, madreselvas o cualquier otra especie de flores silvestres. Amor o caridad, da lo mismo.

Napoleón, entre tanto, se aplicaba al lado de su nueva dueña en aprender a ladrar en español. Cuando podía, coqueteaba con una perra sin raza definida pero con elegantes cuartos traseros, junto al embarcadero de Treto, definitivamente abandonado por la guerra.

A veces, las galernas que se precipitaban por el oeste hacían estremecerse al tejo, que dejaba caer sus frutos y parte de su ramaje sobre la tumba de Ainsley. Muy lejos de allí, mientras tanto. El Atlántico enfurecido anegaba una fosa común donde reposaban los restos de un héroe de guerra inglés, que nunca iba ser visitados.

Ya no se veía llegar peregrinos por el camino de Laredo. De vez en cuando, tan solo, se acercaba hasta la ermita de la Magdalena agún pequeño grupo de militares desharrapados, para preguntar por el único camino que les importaba: aquél que te lleva lejos de la guerra.